Saturday, August 18, 2012


La veo acostada en su habitación, ya no hay lagrimas en su rostro, se secaron, se acabaron, no le queda ni el consuelo de sentir su cara mojada en llanto. Sé que tendré que terminar de cruzar ese lumbral, dejarme ver, sé que tendré hacerle notar que estoy acá. Patricia voltea al sentir la puerta, le pido con un gesto en mis labios silencio. Imploro silencio, imploro cordura, no se como encarar a la madre de mi mejor amigo, no sé como mitigar mi dolor, no sé si seré fuerte cuando nuestras miradas se crucen. Ella llora su hijo, acaricia una y otra vez la foto de él sobre su pecho. Veo en el retrato la familiar cara, las lágrimas caen sin poder evitarlo, me quedo en trance, un carrusel de risas y vivencias cruza mi memoria, Juancito muerto, mi pana, mi amigo, mi cómplice.
Las cortinas cerradas dan el entorno adecuado a nuestros sentimientos, oscuros, raros, lúgubres. Me parece irónico que detrás de esas cortinas brille el sol, es injusto. Debería estar lloviendo con truenos y relámpagos, sería más fácil para poder enfrentarla, el ruido acallaría un poco el sollozo que clama por salir.
Ella sigue sin notar mi presencia, yo sigo esperando por el valor para dejarme ver, tal vez si retrocediera seria más fácil todo, pero sé que no lo haré, Juancito jamás me lo perdonaría. Huir no es la salida. Juancito, mi Popeye, ¿Por qué vale, por qué? . ¿Te estás burlando de todos nosotros? Mi memoria voló al último cumpleaños de Juancito.
- ¡Gordi yo he tenido una vida privilegiada! Buenos colegios, buena casa, buenos padres, buenas mujeres y el día que me muera me velaran en la funeraria Valles y me enterraran en el Cementerio del Este.
- ¡Zape gato! Ya no más trago para Juancito
- Gordi el día que yo me muera todos ustedes irán y tomaran chocolatito caliente en la funeraria, se los servirá un negrito con guantes blancos.
- Juan, ni te vas a morir, ni nadie tomaría nada después de las imbecilidades que estás diciendo.
Esa noche del diecisiete de enero del año noventa y uno me pegó mal las estupideces (según yo) que estaba diciendo mi amigo. Dejé que el licor se me subiera a la cabeza, terminé la noche peleando con Alejandro y abrazada a Juancito. Fue el último cumpleaños, no sé si él lo presentía, pero la funeraria Valles estaba esperando esa mañana que llevaran el cuerpo de mi amigo, el entierro seria al día siguiente en el Cementerio del Este. Esa mañana después de la llamada de Yaraví nada volvería a ser lo mismo.
- Dale Naty, si te levantas rápido nos vamos al parque.- Mi hermosa beba de cinco años se levantó veloz. Me voy a la cocina con Cesitar, un rollizo bebe de un año y medio, él va aplaudiendo por el trayecto a la cocina, a su corta edad entendía perfectamente la palabra “parque”.
Domingo a la mañana, once de agosto de mil novecientos noventa y uno. Qué ignorante estaba de lo que estaba por venir, jamás hubiera imaginado entre pancakes, sonrisas y besos que quedaría marcado en mi memoria como lava en mi piel. Ya con mis hijos desayunados estoy terminando de limpiar la cocina, la música suena a volumen alto, casi de milagro escucho el teléfono sonar.
- ¿Alo?
- ¿Lucy?
- Epa Yara, ya va para un pelín, tengo que bajar el volumen.- Sin más espera tiré el fono, bajé el volumen, invitaría a Yara al parque, total está cerca de su casa, al parecer se cayó de la cama. Yaraví despierta antes del mediodía un domingo, eso era un milagro.
Tomé el teléfono y le comenté mis planes, no sin antes burlarme del hecho que estuviera levantada tan temprano. Estaba de muy buen humor.
- ¿Yara estas ahí? Yo sé que salir al parque un domingo a la mañana casi nunca esta en tus planes pero...
- Mataron a Juancito, lo mataron. Tenemos rato tratando de ubicarte, creíamos que estabas en el apartamento de la playa.
Sólo me acuerdo hasta ahí. Empecé a golpear la puerta de la cocina con los puños, gritaba el nombre de mi amigo.La mujer que me ayudaba en casa y Naty llegaron asustadas.La mujer tomó el teléfono, Yaraví le dio los datos de la funeraria. El primer nombre que cruzó por mi cabeza fue Janet, la madre de Juancito. Corrí a mi cuarto, halé unas ropas y me metí en el baño, no paraba de llorar, no quería entender tan asquerosa realidad. Juancito muerto, Juancito asesinado. Grité su nombre hasta que se me acabaron las fuerzas.
Naty me mira, me doy cuenta que la niña me había seguido al baño, la abrazo muy fuerte y le digo que Juancito murió, que no iremos al parque, que mamá tiene que salir a buscar a Janet. La vuelvo a abrazar, me reconforta sentir su cuerpecito junto al mío, lloro otra vez al pensar en Janet.
Cuando salí fui directo al abasto a comprar cigarros, varias cajas recuerdo. Ya no lloraba pero mi gesto era indiscutiblemente triste, el portugués no me cobró los cigarros, me preguntó si me podía ayudar en algo, negué con la cabeza, agradecí y salí de ahí. 
Me senté a la orilla de la avenida Libertador, me fumé unos cuantos cigarros. Caminé hasta la funeraria Valles. El cartel de la entrada me reafirmo mi pesadilla Juan Briceño
17 de enero 1969- 11 de agosto 1991. Acaricié el cartel con un sin fin de emociones encontradas, mi Popeye, mi pana, ése desgraciado día había pasado a engrosar la ya muy alta lista de criminalidad caraqueña. Un hombre se me acercó y me dijo que el funeral no empezaría hasta la una de la tarde, balbucee un “gracias” y me fui.
Jorge abre la puerta del taxi, me reclama la tardanza, lo miro sin verlo. Los muchachos apiñados en la puerta del edificio me dicen que Janet me espera. Pregunto quién va a subir conmigo, todos se quedan callados. Me comentan que Janet salió gritando por toda la calle el nombre de su hijo, que los vecinos la contuvieron y la sedaron. Entiendo que nadie subirá conmigo, abrazo a Jorge, él me palmea el hombro, subí al apartamento de Janet. Cruzar la puerta del edificio fue terrible, saber que jamás me volvería a encontrar a Juancito sentado en el muro trajo un dolor muy fuerte, el ascensor me esperaba abierto, como invitando a llevarme junto a Janet.
- ¿Lucy?
- Hola Janet.
- Me lo mataron Gordi, me lo mataron.
- Ya lo sé mamá, Yaraví me lo dijo. Juancito debe estar muy asustado por verte así.
- ¿Tu crees?
- Seguro, él debe estar muy triste al verte así, no le estamos dando tiempo de recorrer el cielo.
- Tal vez busque un hipódromo o un estadio.- Emuló algo parecido a una sonrisa.
- Ojala este año ganen los Magallanes, él hará tremendo bonche en el cielo.
La abracé, lloramos entre sonrisas. La locura del momento me había llevado a decir estupideces, que Janet tomo con bondad. 
Juancito Briceño, marcaste huella en mi vida. El único ser humano que me permití llamar amigo. Con Ave Lucía lloramos una tarde abrazados frente al mar. En noches de parranda con la mirada bastaba para sentirnos seguros. Piñatas improvisadas, papelillos y risas en la sala de tu casa, complicidades, largas noches, despedidas, reencuentros, cachapas de madrugada, abrazos y besos que siempre dolerán al saber que tú no estás.
Un clavel tiré en tu tumba, para mí significó mi cariño, mi amistad, lo bello que me diste y las eternas gracias por haber sido parte de mi vida. Te quiero Popeye, gracias por haber existido, gracias por dejarme tantos recuerdos y sentimientos, que atesoraré mientras viva, gracias por hacerme esta despedida más fácil al saber que siempre que pudimos nos dijimos cuanto nos queríamos.
Nos volveremos a ver. Pero ese día pagas tú.

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